Todo ocurrió una noche lluviosa. Un choque fuerte, un golpe en la cabeza y luego oscuridad. Los médicos fueron claros desde el principio: el daño cerebral era serio y no había garantías de que despertara. Pasaron semanas, luego meses. Su cuerpo estaba ahí, conectado a máquinas, pero su mente parecía atrapada en algún lugar lejano. Su novia no se despegó de la cama durante los primeros meses, o al menos eso decía. Con el tiempo, empezó a ir menos. Decía que el dolor era demasiado, que verlo así la destrozaba por dentro.
Mientras tanto, algo curioso sucedía en el interior de su mente. Aunque estaba en coma, él asegura que no estaba completamente inconsciente. Escuchaba voces, frases sueltas, discusiones. No podía moverse ni abrir los ojos, pero sentía, recordaba, asociaba. Como si estuviera atrapado en su propio cuerpo, observando todo desde un rincón oscuro.
Según su testimonio, muchas de esas voces eran familiares. Reconocía a su madre, a su hermano… y también a su novia. Pero no siempre lo que escuchaba era cariño. Había momentos en los que ella hablaba con un tono frío, incluso molesto. Frases como “esto ya se está alargando demasiado” o “no sé cuánto más voy a aguantar”. Comentarios que, en su estado, se clavaban como agujas en la mente.
Con el paso del tiempo, empezó a recordar cosas del pasado que antes había ignorado. Discusiones que había minimizado, actitudes controladoras que había normalizado, mentiras pequeñas que nunca confrontó. Todo eso regresó mientras estaba en coma, como piezas sueltas de un rompecabezas que poco a poco empezaba a tener sentido.
El día que despertó, esos recuerdos estaban más vivos que nunca. Por eso no se sorprendió al ver a su novia llorando junto a la cama. Lo que sí le sorprendió fue sentir miedo. No un miedo físico, sino una alerta interna, una sensación de que algo no estaba bien. Y esa sensación fue la que lo impulsó a hablar.