Y si hablamos de lo que comía, hay un alimento que siempre regresaba en su dieta: el apio. Puede sonar sencillo, incluso aburrido, pero para Madame Chiang este vegetal era casi un símbolo de bienestar. El apio es rico en vitaminas, antioxidantes, carotenoides y fibras. Ella creía que esta verdura sencilla y crujiente, combinada con sus hábitos alimenticios, le ayudaba a mantenerse con energía y vital. Algo tan simple como eso, incorporado día tras día en su plato, fue parte de su fórmula para vivir más de cien años.
Pero no fue solamente lo que comía lo que la mantuvo fuerte: también dedicaba tiempo a cultivar su mente. A diferencia de muchas personas hoy que buscan entretenimiento pasivo, Madame Chiang invertía al menos dos horas al día en actividades creativas como leer, dibujar y reflexionar. Estas prácticas no solo la mantenían ocupada, sino que también ejercitaban su cerebro y le dieron un sentido continuo de propósito.
Otro aspecto de su vida que pocos consideran, pero que fue crucial, era su disciplina con el sueño. Ella se acostaba y se levantaba a la misma hora todos los días, sin excepción: de 11 de la noche a 9 de la mañana. Esto no solamente le aseguraba descanso, sino que regularizaba su ritmo biológico, algo que sabemos ahora que es fundamental para la salud a largo plazo.
A medida que envejecía, Madame Chiang no se aisló ni se volvió menos activa. Incluso después de superar un cáncer a los 40 años, siguió participando en actividades que la mantenían en movimiento, tanto física como mentalmente. Su vida social no disminuyó con la edad: siguió viajando, recibiendo visitas e incluso organizando exposiciones de arte cuando ya había pasado los 100 años.